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Frustración

Aquel día Adriel salió de su casa como todas las mañanas en dirección a su trabajo; era auxiliar en un Centro de Día para el cuidado y atención de ancianos y como todas las mañanas se repetía que tenía que buscar otro empleo. No soportaba el suyo, le repelía el contacto con los viejos.

Pero como todos los días de los últimos ocho años, al traspasar la puerta, su repulsión se trasformo en alegría, ternura y simpatía, sus bromas encandilaban al personal y les trasmitía una alegría que los ancianos solo experimentaban de tarde en tarde.

Hoy era miércoles, 14 de mayo y el ligero picor que había notado en los ojos y la boca al levantarse se fue haciendo a lo largo de la mañana mucho más intenso por lo que decidió solicitar al Director poder marchar a su domicilio al no encontrarse bien.

Mientras caminaba en dirección a su casa se encontró con una joven que acompañaba a uno de sus ancianos, uno de los que más le asqueaban, al que sin embargo saludo alegremente. El reconoció la voz y al girarse su gesto tranquilo se convirtió en un gesto de asombro. Tenía ante él a alguien que le recordaba a su cuidador en el Centro, reconoció su voz y su gracejo, pero su cara recordaba a un perro labrador, animal que siempre quiso tener.

Se aproximo hacia él y el instinto animal dominó la razón del cuidador, asestó una enorme dentellada en el cuello del anciano, descargando con sus afilados dientes la frustración acumulada en los años de odiado trabajo.

El cuello del hombre se abrió, la sangre salía a borbotones, pero sus brazos rodearon el cuerpo de su cuidador mientras caía al suelo.

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