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Ray.

Desde los trece años David tenía en la mesita de noche un bulldog con una abertura en la cabeza. Allí llevaba mucho tiempo, y todos los días de todas las semanas metía por la ranura un euro, aumentando esta cantidad de vez en cuando con algún refuerzo de su madre. Todos los meses vaciaban la pequeña hucha, cambiaban las monedas por billetes y colocaban este dinero en un sobre. Madre e hijo perseguían lo mismo, comprar un Akíta, perro de origen japonés de orejas tiesas, rabo erguido y enroscado.

Por fin, moneda tras moneda, consiguieron reunir todo el dinero, y con él en la mano David se responsabilizó de su cuidado, comida y paseos.

Hacía ya una semana que habían encargado la compra de Ray, nombre aún sin cuerpo, en una tienda de animales próxima a su casa, por lo que estaban esperando la llamada de un día para otro.

Por fin una tarde sonó el teléfono, Elena descolgó, efectivamente era de la tienda: esa misma tarde a última hora llegaría Ray desde el criadero.

A las siete y media estaban allí los dos, la ansiedad y la alegría se reflejaban en el rostro del muchacho que entraba y salía de la calle a la tienda, de la tienda a la calle; en una de estas salidas observó como un coche aparcaba, al poco salió de él un hombre, abrió la puerta trasera  y tomó en su mano derecha una fina correa, al final de esta apareció un perro de gran tamaño para los cinco meses que tenía; el hombre tiró suavemente y Ray  instalo sus patas por primera vez en el suelo de Madrid. No quería andar, su rabo que debería estar tieso aparecía flácido. La correa pasó pronto a las manos de David y tensándola poco a poco, miedoso e ilusionado a la vez el joven conoció a su amigo: blanco y canela, pelo suave, sedoso, mirada triste y huidiza.

Una vez que todos los trámites de la compra hubieron finalizado, los tres subieron a su coche. Elena conducía, David abrazaba y acariciaba a Ray. Al deslizar la mano por el fuerte cuello se dio cuenta de que el collar le apretaba demasiado y lo aflojó.

El trayecto fue muy corto, estaban deseando subirle a casa, para verle olisquear los muebles de cada habitación, investigando y conociendo su nuevo hogar, y poder  estrenar el comedero y el bebedero, que recién comprados relucían como la plata.

Al salir del coche y cerrar las puertas comenzaron a caminar hacia el portal y de pronto Ray empezó a correr, el joven tiró con fuerza de la correa para detenerle y el collar desapareció del cuello del Akíta, al sentirse libre el animal se dirigió a uno de los jardines de la urbanización y pego su lomo a la pared de un seto. Con el collar y la correa en la mano se dirigió hacia él, se inclinó, pero unos oscuros gruñidos y ladridos le echaron para atrás, al tiempo que unos colmillos como puñales dentro de una enorme boca le atacaban.

Transcurrió media hora, uno intentando acercarse, el otro haciéndole frente. En uno de estos envites los dientes del perro hicieron sangrar su mano. No fue grande la herida, pero si lo suficiente para que las lágrimas no de dolor, sino de impotencia comenzaran a caer de los ojos del muchacho. Elena estaba inmovilizada, con todos los músculos en tensión contemplando la escena. De la mano de su hijo goteaba la sangre, Unas gotas fueron a caer al suelo, justo debajo de la mandíbula de Ray, el olor le distrajo y perdió por unos instantes el estado de alerta; inclino su cabeza y olfateó, olisqueó y lamió las gotitas, momento que su dueño aprovechó para a manera de lazo introducirle el collar en torno a la gran cabeza. Cuando Ray noto que tiraban de nuevo de él se enroscó girando sobre si mismo, volteando, ladrando, gruñendo, queriendo atacar de nuevo. Poco a poco fue perdiendo fuerza al no sentirse libre, y su agresividad disminuyó. Una hora más tarde todo había pasado.

A la mañana siguiente David con la mano vendada se sentaba a su lado y con discreción le iba acercando bolitas de pienso que Ray  ignoraba pero periódicamente él le añadía alguna más.

Ha transcurrido algo más de un mes, se han hecho grandes amigos, cuando juegan, en casa o en algunos de los paseos, Ray le sigue lamiendo solo la mano herida.

Epílogo:

A lo largo de una semana nuestro Akita se fue adaptando a su nueva familia, mirándonos de reojo de vez en cuando y acercándose con una mezcla de prudencia y timidez a nosotros.

Solo cuando estuvo seguro de su entorno apareció el perro equilibrado, feliz y juguetón que siempre fue.

Han pasado más de trece años y él ya no está entre nosotros.

Un tiempo intenso, difícil al comienzo, tranquilo y relajado al final.

Un tiempo en el que mientras el padre de David permaneció en el sanatorio tuvo que soportar muchas horas de soledad.

Ray fue el observador tranquilo de continuas discusiones en nuestra casa de entonces. El fue quien rodeo con sus patas mis hombros cuando yo estaba sentada en un banco llorando por no se sabe que, jamás lo olvidare.

Nuestro Akita soporto una mudanza en la que mientras la puerta permanecía abierta vio como entraban y salían con los muebles de la casa gente desconocida para él; simplemente se encontraba alerta, observando todo lo que ocurría, sin ladrar.

Más tarde llegamos a la nueva casa en la que como nosotros también tuvo que ir haciéndola suya poco a poco.

Su equilibrio de puso de nuevo a prueba al comenzar una obra para hacer de nuevo la terraza que los anteriores propietarios habían pasado al interior como parte del salón, así como ampliar una habitación tirando un tabique; fue una prueba de fuego para su paciencia y también para la nuestra; aquello duro un mes rodeados de cajas aun sin poder desembalar, invadidos por el polvo y el ruido.

Pero como siempre ocurre aquello paso y Ray poco a poco comenzó a conocer su nuevo hogar y su nueva terraza en la que buscaba a menudo el placer de enroscarse sobre si mismo tomando el sol.

Desde el primer momento tuvo claro en su escala jerárquica quien era quien para él:

Primero mi hijo y luego yo Recuerdo un día, en nuestra casa anterior, que estaba en la habitación de su dueño y de pronto le vi en la puerta mirándome fijamente y emitiendo unos gruñidos suaves que me invitaban a que saliera de un lugar que para él no era el mío sino el de su querido amo. 

Durante ese primer año la complicidad entre Ray y David fue creciendo fueron compañeros, camaradas, amigos y así ha sido hasta el final.

Fue una época difícil en la que teníamos que salir adelante, un tiempo duro para madre e hijo, una época en la que Ray nos ofreció su cariño, su compañía y su paciencia.

Y paso el tiempo y todos fuimos haciéndonos algo mayores y la vida se fue relajando y la unión entre perro y dueños se fue haciendo mucho más fuerte de lo que fue al comienzo y aunque desde el principio fue un miembro más de la familia yo lo sentí realmente como tal cuando me fui serenando.

A partir de los seis años Ray empezó a tener achaques que gracias al esfuerzo y la tenacidad de su dueño fuimos controlando. Se le cuido y se le dio cariño, yo le quería mucho y en su última etapa cuando ya comprendimos que era evidente que estaba envejeciendo me producía una ternura especial.

Sé que todo ello es difícil de entender por aquellos que nunca han tenido un compañero como lo hemos tenido nosotros y aún mucho más difícil para los que desconocen por ignorancia que esos a quienes llamamos animales tienen sentimientos y emociones manifestándose en ocasiones más equilibrados e inteligentes que muchos de los que se denominan humanos.

Le dimos siempre todo lo que necesito hasta el último momento, hicimos todo lo posible porque saliese adelante en esta última etapa pero fue imposible, no podía andar y era irrecuperable. Nos despedimos de él transmitiéndole todo nuestra consuelo y cariño; fue un día muy triste; no hay nada más triste que jugar a ser dioses y decidir sobre la vida de un ser vivo.

Sus cenizas se encuentran en sus parques.

Ray cruzo el puente de la vida a la muerte entrando en una dimensión desconocida, por eso sería hermoso creer que en algún momento un Akita muy especial, blanco y canela moverá su cola alegremente al encontrarnos de nuevo.

14 de marzo de 2012.

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