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DESAPARECIDA

El despertador sonó a las 7 de la mañana. Helena se desperezo en la cama después de una espléndida noche de sueño. Se sentía bien, pero que muy bien. Se levanto sin prisa, abrió la ventana y respiro el cálido aire de un hermoso día de mayo. Conecto la radio del móvil que permaneció como ruido de fondo mientras se duchaba, vestía y desayunaba. Algo más tarde apagó la radio, cogió las llaves de su coche y se encamino hacia el hospital donde trabajaba.

Ya en la calle se dirigió al garaje donde se encontraba su viejo Ford rojo, al que cada mañana alentaba con palabras cariñosas. Hubo suerte, a la cuarta vuelta de llave el coche arranco y poco después ya estaba instalada en el atasco mañanero habitual. La hilera de coches era interminable y se avanzaba muy despacio, hoy era todo mucho más lento, un accidente impedía continuar. Llegaría tarde y eso no le gustaba. Pero, ¿Qué otra cosa podía hacer?: 10’ y parados, 20’y parados. Encendió la radio para intentar distraerse.

Cuando estaba a punto de quedarse dormida de puro aburrimiento, se sobresalto al escuchar el ruido de unos remos que suavemente acariciaban el agua. Abrió los ojos y sonrió al ver lo familiar que le resultaba el entorno. Ella era la que remaba y la que provocaba el ruido al chocar la madera en el agua. Se vio a si misma con una larga cabellera rubia y un corto vestido de color claro. Navegaba por un rio tranquilo, muy caudaloso, en el que se reflejaba un cielo sin nubes. Las casas de adobe y los campesinos de cortas túnicas y toscas sandalias pertenecían a aquel paisaje. A lo lejos se adivinaba un embarcadero y hacia el se dirigió. No podía explicarlo pero sabia que la estaban esperando y los rostros de los hombres y mujeres que se encontraban allí se fueron dibujando con mas precisión. Eran jóvenes, sus vestidos eran sencillos y la expresión de sus caras transmitía confianza.

Cuando la barca se detuvo una de las mujeres alargo su mano para tomar la suya y le ayudo a llegar a tierra. Ven con nosotros, alguien lleva esperándote mucho tiempo. Caminaron por un frondoso sendero y se dirigieron a una gran casa que a lo lejos se veía medio oculta entre los árboles. Allí en el fondo de un amplio salón una voz tranquilizadora la invitaba a acercarse. Helena se dejaba llevar, sorprendida a la vez por lo familiar que le estaba resultando todo lo que observaba.

Una mujer vestida con una sencilla capa blanca miraba con impaciencia la puerta y a la joven que se acercaba a ella. Era su hija, no había duda, que regresaba de nuevo a su hogar. Cinco años habían pasado desde su desaparición en una noche de fuerte tormenta. La mujer tomo a Helena de la mano y la abrazo con fuerza. La joven estaba desorientada por no encontrar una explicación a lo que estaba ocurriendo y a la vez sorprendida por no sentirse extraña en ese lugar en el que parecía que el tiempo había retrocedido centenares de años.

Se dejo llevar y al abrazarse las lágrimas resbalaron por los ojos de ambas.

Un ruido extraño, un ruido desconocido, que poco a poco identifico como el sonido de un coche le hizo levantar la cabeza y abrir sus ojos cerrados. Se encontraba en el interior de su Ford y la radio seguía encendida, (se había dormido pensó) después de unos minutos le llamo la atención la noticia que escuchó: Desaparecida misteriosamente Helena Gaitán hace treinta días. Cuarenta años, 1’70 de estatura, rubia pelo corto. Su coche un Ford rojo apareció abandonado en Sevilla, junto al Guadalquivir.

Bajó del coche, y las barquillas que navegaban por el rio, dieron un toque de frescor a un caluroso mes de junio.

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